París; un verdadero océano.

París es un verdadero océano. Por más que lo explores, nunca podrás conocer su profundidad.
— Honoré de Balzac

Las calles del Marais son tan estrechas en algunos lugares que la luz atraviesa los sombríos rincones entre sus elevados edificios renacentistas durante tan solo unas horas al día. En la noche, las calles adquieren un aire misterioso y medieval cuando los faroles parpadean hasta encenderse y arrojan un brillo sobre torrecillas erosionadas por el tiempo, las puertas talladas y las mansiones de piedra.

Si te adentras en el callejón empedrado de la Rue des Francs-Bourgeois, una arteria principal, te encontrarás parado donde el Duque de Orleáns fue asesinado en 1407 por los matones de un rival sediento de poder. A la vuelta de la esquina, el magnífico palacio del Hôtel de Soubise, del siglo XVIII, donde se encuentran los archivos nacionales de Francia, exhibe la última carta atormentada que escribió María Antonieta, en la que se despide de su hermana antes de ir a la guillotina. Pasear entre los muros escarpados y los tejados de pizarra angulares siempre me remonta a una era del pasado… un pasado histórico que vibra debajo de la agitación de las elegantes multitudes internacionales, las boutiques de diseñador, los neobistrots, las charcuterías kosher y los clubes LGBT.

Conforme me establecía - desde hace cuatro años estoy radicada en Francia-  algo se hizo claro: me tomaría tiempo conocer París, con su extenso esplendor. Comencé con los destinos legendarios: subir la colina en el Montmartre desde el Moulin Rouge un fin de semana, después llevar una canasta de pícnic a los Jardines de Luxemburgo el siguiente. Me puse a descansar en el canal St. Martin para ver juegos de petanca y busqué las tumbas de Balzac, Delacroix y Jim Morrison en el cementerio de Père-Lachaise. Los viernes por la noche, cuando el Museo del Louvre cierra hasta tarde, a menudo me quedaba en el pasillo de los pintores holandeses, observando los cuadros de Vermeer y Rembrandt con las salas casi solo para mí. Me venía a la mente la observación de Balzac acerca de París: “Siempre habrá un lugar virgen, una guarida desconocida, flores, perlas, monstruos, algo inaudito, olvidado”.

La lista de mis paseos preferidos creció para abarcar lugares más lejanos, en especial el elevado y arbolado Promenade Plantée, un secreto en el cielo cerca de la Bastilla que inspiró el High Line en Nueva York. El Parc Montsouris ofrecía espacios abiertos con prados de césped podado y verde, así como cisnes negros que se deslizan por encima de un plácido lago. Mi lugar favorito para leer en una tarde soleada sigue siendo el jardín de las Tullerías: sentarme bajo un castaño de forma cuadrada en lo que sería la sombra del palacio que llevaría el mismo nombre de no ser por el incendio total que sufrió en 1871. Esa fue la lujosa prisión de María Antonieta después de que ella y el rey Luis XVI fueron obligados a dejar Versalles.

Sin embargo, era mi propio vecindario del Marais, con sus detalles históricos de la antigüedad en cada esquina, el que me atraía como ningún otro lugar.

Me hice adicta a leer los letreros históricos sobre los muros y las calles. Dan cuenta, por ejemplo, del lugar donde se encuentra una fortaleza del siglo XIII que alguna vez fue el cuartel de los Caballeros Templarios, quienes construyeron el Marais. Cerca de mi casa, las calles llevan nombres de órdenes monásticas medievales, incluyendo los Guillemites y los Blancs-Manteaux, quienes compraron tierras a los Caballeros Templarios y fortalecieron el área. Tras la iglesia de St. Paul, hay letreros que marcan los restos de los muros de la ciudad que el rey Felipe II Augusto mandó a hacer en 1190 para proteger a París de los invasores.

Estos días, cuando regreso de un viaje como reportera, me dirijo a uno de los paseos históricos del Marais que he creado a lo largo de los años. Puedo empezar cerca de la Torre del Temple, un parque hermoso y verde donde estaba la fortaleza de los Caballeros Templarios y donde María Antonieta y el rey fueron encarcelados después de intentar escapar de las Tullerías. Después me dirijo al Sena, hacia las dos islas en las que París fue fundado, la Île St. Louis y la Île de la Cité, donde las torres de piedra de Notre-Dame son testigo de siglos de historia sublime y turbulenta en París.

Dar paseos puede ser un desafío, casi obligado, ya que el Marais a menudo está lleno de visitantes. Se ha dado una explosión de boutiques de diseñador en el vecindario, convirtiendo la zona en una suntuosa meca de las compras y el arte al aire libre que los fines de semana atrae a miles, quienes practican el pasatiempo de lèche-vitrine… “lamer aparadores”, en francés.

El Marais difícilmente es la única zona de París que enfrenta cambios. Hoy en día, la ciudad está pasando por un ambicioso proyecto de expansión llamado Le Grand Paris, el cual tiene como objetivo aumentar los límites de París uniendo el centro con los banlieues —los suburbios de las afueras, que están desatendidos— mediante un nuevo sistema de transporte. Los grandes caminos, incluyendo partes de la Rue de Rivoli, la vía pública principal del barrio, podrían terminar por quedar cerrados al tránsito para hacer el centro amigable a los peatones y al ambiente. La arquitectura innovadora, como la cubierta de cristal en Les Halles y las curvas de la Fundación Louis Vuitton siguen transformando el paisaje de la ciudad.

Las multitudes atestiguan el renacimiento del Marais. La primera Era Dorada llegó a principios del siglo XVII, casi 500 años después de que los Caballeros Templarios despejaron vastos pantanos —o marais, en francés— para aumentar su dominio. Cuando el rey Enrique IV se instaló en lo que ahora es la Place des Vosges en 1604, la aristocracia siguió su ejemplo, construyendo suntuosas mansiones que impregnan la zona del glamur actual. Después de que la corte francesa se mudó más tarde al Palacio de las Tullerías, el Marais se deterioró durante casi dos siglos y casi arrasaron con él hasta que el gobierno lo protegió en 1964.

Son estos rastros de historia los que sigo en mis paseos, cuando entro y salgo de los encantos antiguos del barrio, quizá haciendo una pausa para tomar una copa de vino, una taza de té artesanal o un merengue de frambuesa en un montón de cafeterías y pastelerías que han seguido la afluencia comercial.

La primavera es mi estación favorita del año, cuando los pequeños jardines florecen y las lilas perfuman el aire. Hace tres años, le presenté a mi nuevo amor, quien ahora es mi esposo, un oasis oculto en la Rue des Francs-Bourgeois en el Hôtel de Soubise, donde la carta de María Antonieta vive junto a documentos que datan de la dinastía merovingia del siglo V, los antiguos fundadores de Francia. La mayoría de la gente se detiene en el imponente patio empedrado solo para ver la mansión. Pero si se avanza hasta la entrada llena de columnas, un camino que va a la derecha llega a cuatro cuidados jardines, cubiertos de pinos, laureles, hortensias y anémonas japonesas. De la mano, saboreamos el canto de las aves y respiramos bajo el cielo abierto sentados en una banca entre árboles y rosas. El bullicio de la ciudad más allá de los muros parece estar muy alejado.

 El palacio Hôtel de Soubise palace, del siglo XVIII, alberga los archivos nacionales de Francia.

El palacio Hôtel de Soubise palace, del siglo XVIII, alberga los archivos nacionales de Francia.

 

Enfrentando las multitudes de fin de semana, empezamos nuestro paseo en la Rue des Francs-Bourgeois (cerrada al tránsito los domingos por la tarde) más allá del número 38, donde el duque de Orleáns fue asesinado, lo cual provocó una guerra civil. Las brillantes boutiques pueblan una falange de majestuosos palacetes donde los aristócratas renacentistas tenían reuniones y fiestas. Pasar por ahí es respirar el aire que describieron Racine, Molière y La Fontaine.

Mi esposo y yo a veces nos detenemos para almorzar cerca de ahí en Le Loir dans La Théière, un café inspirado en el personaje del sombrerero loco que sirve quiches y postres, incluyendo una tarta de limón con un merengue que se derrama. Otro favorito es Benedict en la Rue Ste. Croix de la Bretonnerie, un lugar de almuerzos con diseño escandinavo. Artéfact en la Rue des Blancs-Manteaux ofrece café preparado a mano y tés mixtos en un ambiente ventilado con arte minimalista.

En la misma calle, nos adentramos al pasado en la Église des Blancs Manteaux, originalmente un monasterio del siglo XIII para monjes agustinos construido en tierras de los templarios (el cuerpo del duque de Orleáns fue traído hasta aquí después de su asesinato). Después recorremos la Rue Vieille du Temple y cruzamos la Rue de Rivoli hasta la ventosa Rue des Barres. A través de los adoquines del siglo XIII —que alguna vez fueron el camino de los templarios al Sena— se puede llegar a una insólita casa medieval con entramados de madera junto al sendero que lleva a la Église St. Gervais, un coloso gótico en lo alto de una iglesia original del siglo VII. En la parte delantera de la iglesia hay un olmo donde alguna vez hubo otro antiguo, bajo el cual los jueces medievales mediaban conflictos.

Después del paseo de un día, a menudo regresamos a la Torre del Temple en el Haut Marais para cenar, donde ingeniosos neobistrots florecen al lado del Carreau du Temple. Se trata de un antiguo mercado bajo techo ceca del antiguo recinto de los templarios que, con un techo elevado de cristal, fue transformado en una sala comunitaria llena de luz con conciertos y un estudio de grabaciones.

En la Rue Dupetit-Thouars, Máncora Cebicheria sirve un exuberante cebiche marinado en un espejo de kiwi o limón, salpicado de vívidos toques de puré de betabel y violetas perfumadas. Vayan temprano: a las 19:30, el pequeño comedor blanco ya está lleno, una hora sorprendentemente temprana para los parisinos modernos.

En esa calle se encuentra Les Chouettes, un gastropub francés de tres pisos con techo de cristal y un interior inspirado en la arquitectura de hierro de la Torre Eiffel. Una escalera de caracol lleva a un bar del Viejo Mundo con sillas de cuero y una pequeña biblioteca.

 Galerie Thaddaeus Ropac

Galerie Thaddaeus Ropac

 

Regresamos hacia la noche. La Torre del Temple está en silencio y bajo llave. Un farol ilumina con una luz pálida lo alto de los árboles y un letrero que describe cómo los Caballeros Templarios estuvieron en una envidiable posición de poder para después ser víctimas del paso implacable de la historia. Es un recordatorio para los visitantes de que, sin importar lo vanguardista que sea París, siempre caminarán bajo la sombra de su pasado repleto y glorioso.